Había una vez una niña tan diminuta, que podía meterse entre la ropa de las personas sin que estas la notaran, ella siendo así de pequeña a veces incluso llegaba a sus almas. Ella disfrutaba descubriendo así nuevos mundos, le gustaban incluso los que se sentían fríos y solitarios, porque en ellos se encontraban verdades que en los otros se desconocían. Sus mundos favoritos, sin embargo, eran los cálidos y embobados de amor, repletos de mariposas y cálidos remolinos estomacales, porque ella al igual que todo el mundo prefería los ilusivamente hermosos.
En una de sus aventuras, la pequeña penetradora de almas se encontró con mundo completamente desconocido, incluso para ella, este era un joven con el corazón roto, completamente destrozado, tanto así que para ir de un lado a otro de su corazón ella debía cruzar en una balsa diminuta. Lo especial en este mundo, no era su corazón en absoluto, sino el hecho de que siguiese sintiéndose cálido como fines de febrero.
La diminuta aventurera decidió quedarse en este mundo tropical mas que en cualquier otro, pues quería terminar de entenderlo. Así pasaron los días, mientras ella se bañaba al amanecer enjugada en sus lágrimas y se iba a dormir por las noches mecida por las baladas románticas que resonaban aún en su destrozado corazón. Ella notó así que este joven extraño estaba muy solo y muy dañado, pero que aún así, y a diferencia de los otros mundos, este seguía luchando contra el invierno que termina siempre por corromper a los mundos de este tipo. Entre los sentimientos que habitaban este mundo, habían muchos que temían asustados sin hacer nada la llegada del invierno, mientras que otros comenzaban ya a recubrir sus viviendas para la temporada de hielo que seguro venía, aunque aún no se notase realmente. Se dividían así los habitantes entre los resignados y los luchadores, pero ya todos los creyentes, los esperanzados, habían muerto.
La aventurera en cambio seguía acampando al descubierto en el Corazón, sin creer realmente que las noches cálidas y estrelladas fuesen algún día a acabar, contraria a lo que le decía su experiencia con otros mundos. "Yo creo en ti Pablo", se encontró un día recitándole a una d las lunas que habitaba en sus ojos extraños, sin ningún color definible, que justo como él, eran un enigma para la Diminuta. Una tarde, mientras la pequeña cosechaba los dientes de león de los que se aluimentaba y había comenzado a plantar cuando vio que se quedaría con Pablo más de lo esperado, escuchó un estruendo que bajaba por la columna vertebral del chico y estremecía el mundo entero. "Es el invierno" gritaban aterrizados algunos habitantes, "¡Corran a los refugios!"- gritaban otros. Diminuta fue la única que no hizo ni dijo nada realmente.